21_Pertsonaiak

Cuantificar las Calificaciones: Daños colaterales

¿Qué entienden mis alumnas de bachiller cuando ven que han sacado un 4 en la segunda evaluación?

Soy profesora de secundaria en un instituto público de barrio-barrio. El nivel cultural de las familias es muy plural. Hay estudiantes con referentes culturales que han crecido escuchando conversaciones críticas acerca de todo tipo de temas. Hay otro grupo para los que “criticar” significa “echar en cara algo” la mayoría de las veces gritando sin educación ni respeto, pero sobre todo, sin ningún objetivo en mejorar. Los temas de conversación que han escuchado en casa van desde el reality de moda hasta la última sandez escupida por esos personajes tan populares como incultos que “educan” más que nosotras. A este grupo pertenece “María Nadie”, alumna de ESO, que le dijo a su profesora de lengua “Profe, es que en mi casa no hay libros”.

Situado el contexto de barrio, nahiz eta familia horien artean badauden euskaldunak eta horrela, ikasle batzuen ama hizkuntza euskera izan, la gran mayoría del alumnado ha aprendido euskera en el colegio y raramente, ni siquiera entre aquellas cuyo idioma materno es el euskera, lo usan para dirigirse a sus compañeras. Incluso, puede que se dirijan en castellano sus profesoras, o en el mejor de los casos que pidan permiso para hacerlo con el fin de poder expresarse mejor.

He de decir que la situación me resulta extraña: nik ere ikastolan ikasi nuen euskera, eta irakasleari gazteleraz hitz egitea ez zitzaigun burutik pasatzen. Hitz eginez hitz egiten ikasi genuen, quiero decir que aprendimos a hablar en euskera hablando en euskera, al principio mal, pero cada vez mejor. Pero aquellos eran otros tiempos.

Photoxpress_1135389-520x245

No queremos que pienses, tú come, y calla

Este año doy 9 horas de filosofía en primero de bachiller en modelo D, es decir: en euskera. Filosofía: Pensamiento, realidad, apariencia, verdad, lenguaje, conocimiento, razón, sentidos, análisis crítico, relativismo, mitos y creencias. Todo ello expresado por medio de los conceptos -demasiado abstractos, quizás- que componen el discurso filosófico. La primera evaluación es un fracaso: No entienden casi nada, preguntan poco, callan mucho o se desmadran del todo. El discurso ni les llega, ni se acerca a la realidad que viven mis alumnas. Ellas que son “la generación perdida”, algo habrán oído en la tele, y lo asumen tal cual, sin haber oído una palabra del 15M.

Mientras tanto, aprovechando la generosidad de dos gobiernos, ministerio y delegación, que en nombre de la calidad de la enseñanza pública nos regalan una nueva ley de educación en cada legislatura, he realizado el curso “Formación en Red”. Transversalmente aprendo dos cosas: que soy capaz de trabajar como una esclava para obtener la insignia, y que he suspendido “evaluación”.

Aprender del trabajo compartido por otras profesoras y el fracaso en la primera evaluación me deciden a emprender una nueva metodología. Mi primer proyecto se llama “El Museo de las Chuletas”. Mi objetivo ya no es enseñar teorías acerca del pensamiento de las grandes filósofas, sino enseñar a pensar a mis estudiantes. En la tarea me sirvo del blog recién creado, en el cual voy publicando los materiales que estamos trabajando en clase. Parto de nuestra realidad más cercana, el aula; y les planteo el instituto como problema. Se trata de pensar acerca del aprendizaje, pensar en qué es pensar y para qué. El nombre del proyecto recoge mi fracaso en evaluación y metodología planteando una pregunta de salida: ¿Podría ser que las chuletas no existieran ya en la escuela? ¿Cómo sería una escuela sin chuletas?

El trabajo que tienen que realizar no será posible con el conocido método CTRL+C, es más, ni siquiera van a tener que “hacer” el trabajo: lo que les pido es “solo” que lo planteen. Deben comenzar con un problema de su interés, relacionarlo con su vida, concretar preguntas, proponer fuentes de información, alterar o concretar mejor el problema y explicar la forma en la que lo aprendido pudiera comunicarse o darse efectivamente en la realidad. Además, voy a recoger todos los intentos, es decir: quiero “también” los intentos fallidos, los borradores, y las ideas abandonadas.

Es evidente que no van a encontrar ningún trabajo como ese en la web. Lo tienen que hacer. Mis alumnas más trabajadoras se sorprenden, algunas paralizadas por no saber qué preguntar, otras porque no quieren hacerlo mal, las hay que me preguntan si pueden preguntar tal y cual, y también las que intentan adivinar cuál es la pregunta “correcta”.

¿Qué significa un cuatro?

Mi objetivo ha sido partir de sus preguntas personales para asegurar la motivación que provocaría el aprendizaje. También quiero enfatizar el trabajo autónomo y la creatividad. Debo atender de una en una a cada una de sus propuestas y dirigir desde su trabajo concreto haciendo planteamientos de mejora que sirvan de base para nuevas tareas. He disfrutado leyendo muchos de sus trabajos. He corregido escribiendo mucho más que un número en cada uno de ellos. He puesto dieces, unos y también cuatros.

¿Qué entienden mis alumnas de bachiller cuando ven que han sacado un cuatro? Aunque resulte irónico, en vez de entender que “la cantidad de trabajo no es suficiente”, lo que entienden es que “la calidad del trabajo no es suficiente”. Asimismo, también entienden que un diez es un trabajo de calidad, es decir, sin ningún tipo de error; en vez de atender a la cantidad de trabajo que se hace para replantear soluciones a los errores cometidos.

Un cuatro es un trabajo de última hora, realizado deprisa y corriendo, y sin tiempo para informarse acerca de los criterios que se van a tener en cuenta en su corrección. Ese cuatro, le corresponde a esas alumnas que no se han preocupado por releer en casa lo que se hizo en clase, que no han preguntado, que no se han atrevido a hacerlo “mal”, o que han demostrado escaso interés en aprender. Pero ese cuatro le corresponde también a la educación en general que ha enseñado y aprobado a mis alumnas, que no saben que se aprende haciendo, y que hoy están en bachiller por la validez burocrática del título, pero con escasas expectativas en poder aprender algo que les valga para algo en la vida.

……………………………………………………………

NOTA: Todavía me sorprendo al leer “el hombre” en vez de “el ser humano” en tratados de antropología que no hablan de mí.

Dedico este artículo a mis alumnas y alumnos, profesoras y profesores, madres y padres, y todas aquellas personas que como yo, se extrañan ante realidades pobladas únicamente por alumnos, padres, profesores y hombres.

Bilbao, 8 de marzo de 2015

Anuncios